lunes, 20 de septiembre de 2010

El Vampiro



Sus ojos son color borgoña, rojos como los del diablo, porque está sediento, lleva días sin beber de aquel elixir de vida que es la sangre para él, y lo necesita, vaya que si lo necesita, para alimentarse, para ser fuerte, para seguir con su camino, para poder… existir.

Corre por las calles de aquella ciudad, apenas iluminada por la luna, las estrellas y las escasas y antiguas farolas que penden de los postes. La oscuridad de la noche es su mejor compañía, su aliada en el cruel trabajo de encontrar a sus victimas, aquellas de las que robará aquel calido y rojo liquido, arrebatando algo más que la sangre, quitando las vidas de aquellos que tienen la mala suerte de cruzarse en su camino, por que él tiene que beber, tiene que sentir en su lengua y en su paladar el gusto de aquel dulce liquido que le otorga la vida.

Su figura apenas se distingue como una mancha borrosa cuando corre a velocidad de vértigo, casi como si volara, casi como si sus pies no tocaran, o siquiera rozaran, el suelo de piedra.

De pronto su carrera cesa, algo hay en el aire, algo que él buscaba con ahínco, algo que venía buscando desde la hora del crepúsculo. Un aroma ha sido captado por su desarrollado olfato. Una fragancia tentadora y letal a la vez. Dulce pero peligrosa. El olor de la sangre…

De lo más hondo de su pecho brota un gruñido, incitante, salvaje, tan inhumano como su propia naturaleza.

Lento, se mueve lento, porque ha llegado la hora que él esperaba. Se agazapa al oír una voz. Nadie debe verlo. Nadie debe saber que él estuvo ahí. Las voces se alejan, pero el olor queda pululando en el aire, como un gas toxico de exquisita dulzura. El vampiro se regocija, ese olor tan dulce avecina un sabor todavía mejor.

En ese momento comienza la verdadera caza. Se guía por el olor, más que por las voces que ya se van apagando poco a poco. Sigilosamente olfatea el aire, reconociendo nuevamente aquel delicioso buqué.

Es la hora de actuar.

Vuelve a correr, y en solo unos segundos ya esta a menos de un metro de una muchacha. Su cabello castaño cae sobre sus morenos hombros desnudos. Camina sola, su compañía se ha ido, y ella no sabe lo que le espera.

El vampiro huele el aire, y con esto confirma que está frente a la persona correcta. Su olfato nunca falla. Él es un depredador, un cazador, y aquella muchacha, su presa.

Avanza de un salto el último metro, y mientras vuela por los aires con elegancia, la luz de una farola ilumina su rostro. Si no tuviera aquella mueca asesina surcando su rostro parecía un ángel. Sus facciones son níveas, y perfectas. Su nariz es recta, los pómulos y el mentón están en armonía con sus labios, finos y simétricos. Su cabello es negro, algo largo, pero brillante, sedoso. Es… hermoso, al menos a los ojos humanos.

Un grito resuena en el callejón, pero ya es demasiado tarde, el grito sólo duró una milésima de segundo, ya que la boca de la muchacha ha sido tapada por la mano de blancos y largos dedos de su captor, que en un movimiento elegante, ha caído al piso como un gato, con la castaña en sus brazos.

Como obedeciendo a un extraño ritual, el vampiro saca la mano de la boca de la muchacha, y la sustituye por sus labios. El beso dura sólo un instante, y en el segundo siguiente, sus labios están en su cuello, enterrando sus colmillos en la blanda y suave piel de su garganta.

La sangre fluye de la herida ejecutada por los blancos y filudos dientes del vampiro. Aquel elixir de vida, rojo, cálido y pulsante entra en contacto con sus labios fríos, y pálidos, llenándolos de color, y calidez.

Él bebe de ella con avidez. El sabor es mil veces mejor de lo que el aroma le indicaba, y se deleitó con él mientras bebía. Era tan dulce, tan fragante, tan tibio y lleno de vida… de la vida que a él le falta.

Cerró sus ojos, dejándose embriagar por el placer que le embargaba al probar aquella sangre. Era el éxtasis para él. El máximo disfrute. Pero todo tiene un principio y por consecuencia un fin. Todo estaba a punto de acabar.

El vampiro se separó del cuello de la chica, que ahora yacía muerta entre sus brazos. La miró. Su rostro era moreno, sus ojos estaban cerrados, su boca sugerentemente entreabierta. Volvió a posar sus labios sobre los de ella, aunque ahora ya no eran calidos, sino tan gélidos como los de él, pero eso no le importó. Ese era su ritual, era su forma de agradecer el que se haya otorgado la oportunidad de beber tan delicioso manjar, y así continuar con su existencia.

Se paró con rapidez y garbo. Dejó el cuerpo de la joven contra la fría piedra del suelo con delicadeza, casi con ternura.

Una última mirada al cuerpo sin vida de la mujer, aquel cuerpo que le había dado un halito vida, a través de su sangre, y se dio la media vuelta. Una muerte más en su conciencia, un alma más que algún día lo condenaría, una vida más que había acabado por su causa.

Cerró los ojos, y echó al correr. De nada servían los remordimientos. De nada servia darle vueltas al asunto. Así era su vida, y así seria siempre. Era la vida… del vampiro.
 
Wordpress Theme by wpthemescreator .
Converted To Blogger Template by Anshul .